Las fiestas son un momento delicado para muchas personas.
Echamos de menos a personas y animales importantes para nosotros.
Todos sabemos de lo que estoy hablando. Pero tranquilos, que me voy a concentrar en lo que sí podemos hacer.
Lo primero que tenemos que agradecer es que seguimos vivos.
Porque esto significa, que tenemos la oportunidad de buscar nuestra felicidad, sea lo que signifique para ti; «la felicidad».
¿Qué necesitas cambiar?
¿Salud? ¿amor? ¿cambio de trabajo? ¿mudarte? ¿hacer las paces con esa persona? ¿empezar por fin eso que tienes pendiente? ¿ser más valiente? ¿aprender a quererte?
Ven. Siéntate aquí.
Te lo mereces. Para. Respira. Siente la comodidad. La paz.
Haz esa lista. Empieza el primero de enero.
Agradécete por haber hecho lo posible este 2025 y pon rumbo al 2026, con los aprendizajes que te dejaron «las caídas», en tu mochila de «herramientas emocionales».
Haz un compromiso contigo mismo, de no volver a tropezar con esas piedras que ya conoces.
Quiérete más y mejor.
¿Año nuevo, vida nueva?
Va a depender en gran parte de tu actitud.
De lo que hayas aprendido y de lo que no quieras repetir.
De lo valiente que seas, en empezar, intentar, conseguir eso que tanto deseas.
Va a depender de tu autoestima. De cómo te hables y de como te trates.
De cómo le hables y trates a los demás. Construye puentes en vez de muros.
Te deseo que el 2026: sea un año especial para ti.
En que el te sientas orgulloso de tí mismo y seas, tu mejor compañía.
De la importancia de aprender a quererse y respetarse y todas esas actitudes tan importantes en las que yo insisto.
Me sentí muy agradecida y emocionada de que mi mensaje, llegue a más personas.
De que la palabra Autoestima, ésta actitud frente a la vida, tenga su espacio, dentro de las noticias, de la política, de cosas tan cotidianas.
Para mí es un logro.
A veces siento que lucho contra molinos de viento, porque mirarnos y ocuparnos de nuestra salud mental no es aún nuestra prioridad, pero debería serlo.
Pero como decía don Quijote: «Ladran Sancho, señal que cabalgamos».
Gracias nuevamente.
Persona feliz y satisfecha consigo mismo, es buen padre/madre, es buen amigo, es buen jefe…
Es buen ciudadano, la clave fundamental para tener una sociedad equilibrada y próspera.
La inocente visita a una playa de Málaga, se transformó en una experiencia muy interesante.
Al llegar nos recibió un viento desapacible, que auguraba una estancia muy breve e incómoda.
Sin embargo una vez «dentro» el viento parecía esquivarme o «haberme perdonado la vida» tocándome sin llegar a incomodar.
Playa «El palo» Málaga.
El siguiente desafío lo presentó el agua. Fría. Desapacible. Desordenada. Olas permanentes.
Inquieta, «rabiosa».
Parecía decir: «entra si eres valiente». Y realmente eran pocos los valientes.
Las personas permanecían en la orilla como podían, resistiendo al calor y el viento.
Enseguida comprendí que había un aprendizaje detrás de tanto malestar. Como siempre pasa.
Y decidí aceptar el juego. Entré como pude. Aguantando el frío, las olas. Y me metí completamente en la experiencia.
Mantente despierto y aprenderás.
Y así lo hice, me sumergí, tragué un poco de agua, me llevé algún que otro revolcón. Tuve un poco de miedo. Me sentí algo perdida y muy vulnerable.
Recordé que me había sentido así muchas veces en mi vida…
Escucha y comprenderás.
Hasta que decidí dejar de luchar «contra la corriente» y me entregué: «es cierto, tu mandas, este es tu terreno, te respeto y te honro»…
Me salvó conectar con la humildad y la pequeñez de mi humanidad, frente al poderío inconmensurable de la naturaleza.
Como siempre pasa la humildad es la que nos coloca inmediatamente en nuestro sitio y la aleja al ego, aunque sea momentáneamente.
«Por favor, llévate lo que ya no me sirve. Llévate el miedo, llévate el dolor, llévate las preocupaciones…» Pedí para mí. Imaginé que si yo se lo permitía, la sabiduría del agua «me iba a limpiar»..
Y ahí fue cuando empecé a disfrutar. A reírme cómo una niña, a maravillarme con el reflejo del sol en el agua, a zambullirme en las olas, a jugar con ella, a hacer equipo…
Cuando decidí salir, (perdí la noción del tiempo) ya veía a la playa como a la gran maestra, que ofrecía gratuitamente la oportunidad para superarme.
Comprendí su medicina. Imponente.
Sabia como todo en la naturaleza.
Salí renovada de ese viaje. Más liviana. Más feliz. Todo tenía otro color …escuchaba las risas de los niños más cercanas, me deleitaba mirando las gaviotas…
Sin dudas, era una mejor versión de la que empecé quejándome del viento y del frío del agua…por cierto.. ¿te hablé del viento? Ya no estaba. Había cumplido su misión.
Sé valiente. Sostén el malestar. Fluye con humildad. Sé agradecido. Sigue aprendiendo hasta el último suspiro.
En los últimos 7 años, he tenido la suerte de que muchas personas de diferentes edades, vinieran a verme para intentar sentirse mejor.
Juntos sobrellevamos el covid, la Dana de Valencia, rupturas, enfermedades, relaciones difíciles, problemas en el trabajo, en el colegio, pérdidas de seres queridos…
Oposiciones, despidos, mudanzas, falta de autoestima, miedos…
Paso a paso, empezando con vergüenza y miedo, fuimos construyendo una relación profunda que nos permite hablar de todo y mostrarte tal cual eres sin necesidad de máscaras, porque es un espacio seguro, libre de críticas y de prejuicios.
Es difícil para mí, medir lo que cada persona me deja, me enseña, el agradecimiento por la confianza, por el compromiso, por la paciencia, porque sanar, es un proceso, que puede ser doloroso y a veces lento, pero inevitable, porque ya no se puede volver atrás.
Me quedo con cientos de anécdotas que guardo en el corazón.
Con cientos de abrazos, presenciales y online. Con lágrimas, con sonrisas, con nuevos comienzos.
Así que este es mi pequeño homenaje a las personas que han decidido venir a verme y transformarme para siempre.